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Silvio, el rocanrol y la luz de la primavera

Escribir sobre Silvio se me hace muy difícil. ¿Qué decir de una figura que roza la leyenda y cuyos discos se han convertido en objeto de culto? ¿Qué comentar de este extravagante mito del rock?

Silvio Fernández Melgarejo, nacido en La Roda de Andalucía (Sevilla) en 1945, representa a ese pequeño grupo de españoles que, en plena era franquista, tuvieron el privilegio de conocer los primeros rocanroles, gracias a las emisoras de las bases norteamericanas.

Entusiasmado con esos sonidos, muy pronto pasaría del tambor de la marcha procesional a los ritmos de batería de sus primeras bandas. Silvio fue parte de esa Sevilla que, en una ciudad tremendamente conservadora, vivía el momento y creaba alternativas tan imaginativas como la banda Smash.

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Protagonista de una árida biografía que parece calcada de cualquier bluesman o roquero de la américa profunda, fue cumplida la treintena cuando Pive Amador se cruzó en su camino y lo animó a cambiar las baquetas por el micrófono. Una proposición que culminó con el primer disco de Silvio y Luzbel, Al este del edén (1980), título de que reflejaba su vinculación con el proceso de la autonomía andaluza.

Poco más tarde, en los ochenta, intentó el salto a Madrid. A rebufo de la movida apareció un segundo álbum, Barra libre (1984), donde presentaría canciones como La Ragazza, hechas al modo italiano y ejecutadas con el ingenio surrealista que sólo los hombres de mundo saben desplegar.

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A pesar de amasar una legión de seguidores de su mismo corte underground, Silvio volvió a Sevilla, a sus barras de siempre y a las grabaciones con Sacramento, la banda que le rodeó en su madurez. Juntos alumbraron Fantasía occidental (1988) y En misa y repicando (1990), álbumes repletos de himnos coreables y que precedieron al último de su carrera, ya con Los Diplomáticos: A color, to África from Manchester (1999).

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Más allá del personaje disparatado y cargado de excesos que algunos quisieron ver sin tener en cuenta su música, la verdadera genialidad de Silvio estuvo siempre en sus conciertos. Brilló en el escenario, en compañía de sus fieles bandas, que nunca le permitieron un solo resbalón.

A su muerte, en 2001 a los 56 años de edad, una breve pero sentida despedida ponía fin a una existencia de resaca permanente que sin embargo supo encontrar la lucidez.

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