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Ellas dan el cante=Música con voz de mujer

Las cuerdas ya estaban arrancadas a las once y treinta y dos de la mañana. El patio, vacío a excepción de un par de técnicos. El escenario, por el contrario, lleno de la juventud de Las Dianas. Después de un par de pruebas técnicas sube una sola cantante. «¡Rufo!, ¡Rufo!» se escucha de fondo. El recinto de paredes ocres está abierto al cielo y en el bar hay reencuentros. Hay un vaivén de personas. Pocos permanecen sentados. Las pruebas siguen con Chica Fábrica. Su tono de voz suena fuerte. Canta en inglés, otras veces también en español. Dice que «es la reina del mambo». El patio está ambientado con una música de fondo. Su voz es masculina, pero hoy todas las actuaciones tienen nombre de mujer. Ellas dan el cante es un festival gratuito celebrado en el Centro andaluz de arte contemporáneo. Este año el cartel trae a Sevilla a Yana Zafiro, Manola, Penny Necklace, Pájara rey, Olivia is a ghost, Chica fábrica, Las dianas, Analís, Nita Deframe, La rubia pincha, Ultravioletas dj, Delirium Tremenda, Zera y Mamen López dj.

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La hora estimada no se cumple. Los conciertos se atrasan, pero no parece importar en absoluto al pequeño público allí reunido. La cafetería se llena más y el sol baña las losas marrones y el césped. Mientras todo se cuece antes del comienzo, una madre baila con su hija de dos o tres años. El resto, quieto. Hay un poco de sombra en el día y nadie tiene prisa. Finalmente, Chica Fábrica abre el festival Ellas dan el cante. Sus espectáculos suelen ir acompañados por elementos audiovisuales, pero hoy no se tendrá esa suerte. Una música psicodélica, relajada y con golpes fuertes de fondo se esparce por el recinto. Transmite en pocas pinceladas con su voz grave, vestida con un mono de trabajo azul. Cada composición va precedida de diferentes mensajes que denotan los estereotipos hacia la mujer con una voz artificial, futurista y metálica. La crítica se funde con el intimismo de la artista. El público espera sus turnos para aplaudir. La reacción es tranquila y pausada. Se rompe la solemnidad con un «¡bravo!». Sus letras ácidas y actuales llenan los oídos de unos espectadores agradecidos por disfrutarlas. «Yo es que soy muy profunda y dramática», comenta, pero recalca que no dista mucho de la realidad. La electrónica le permite medir minuto a minuto su actuación. Se despide una vez que se cumple su media hora de actuación. Su música despide el escenario, pero antes, canta una más.

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Las mismas chicas que al principio ensayaban, retoman el protagonismo. Las Dianas dan vida y vitalidad a un público que comienza a despertarse en pleno mediodía.  Sus canciones marcadas por lemas actuales y adolescentes dan frescura. Su pop-rock incitó a bailar a los tan serenos espectadores. «¡Venimos a toda velocidad!», corea la vocalista. Fluyen letras agridulces que oscilan entre el amor y el odio. Mientras, una de ellas salta por el escenario y mueve su pelo a lo Janis Joplin. Lleva una camiseta morada. No es la única que va a llevar hoy ese color. Son de Granada y su trabajo está recogido en vinilo transparente. Dicen, entre risas, que la edad media el grupo es de diecisiete años y medio. Sus mensajes no tienen tapujos y son directos. Parece que su nombre artístico va en consonancia con su música. Hay ganas de una más, pero no puede ser. Tras la despedida muchos se agolpaban en la mesa donde venden su disco. No pueden tocar más, pero, aseguran que «viene gente guay».

La diversidad es palpable. Hay parejas, amigos, familiares y cervezas, muchas más que comida, a pesar de ser ya la hora de almorzar. Brillan con el reflejo del sol. Se colocan nuevos artistas en el escenario, pero nadie presta atención. Un par de tuppers y algunos que otros pies descalzos reposan en el césped. Se cruza un niño en patines y se ven algunos cigarros encendidos. Las dianas están por el patio hablando con un grupo de chicas. No hay realmente una sensación de fama y de arrogancia. No son las únicas que tras el concierto se sitúan a la misma altura que la de los asistentes. Más tarde, al fondo en una esquina, siguen recibiendo felicitaciones. Las flores de plástico ahora colgadas en los micrófonos tampoco consiguen llamar la atención. Cuando no hay música la gente se sumerge en su propia realidad. Cuando empieza, como si se tratara de alumnos obedientes, dedican su tiempo únicamente a los músicos. Si hay notas se coordinan y caen bajo el mismo efecto. Una dj pincha en una pequeña carpa. Va ambientando este sábado violeta de perfecta armonía. Pasa un poco desapercibida. Deja su set y el grupo sobre el escenario principal comienza sin siquiera hacer una presentación. Un círculo rojo marca sus caras. Es un grupo mixto que toca indie con un matiz roquero. Se están recuperando de las actuaciones anteriores. Algunos miran con curiosidad. Se ven tatuajes, botas de senderismo, rastras, cuero, jerséis de color pastel y algún que otro sombrero. El aire fresco se mezcla con el olor de las patatas fritas. Olivia is the ghost se presenta. Los madrileños rasgan las guitarras y la batería con mucha calma. La vocalista habla sin alteraciones y va al grano. Sentada muy cerca del escenario está otra artista, pero silenciosa. Pinta en su cuaderno robando la atención de los fotógrafos que revolotean por allí sueltos. Antes de presentar su primer E.P llamado Europa, una niña sopla un molinillo de viento mientras corretea. El toque electrónico se deja entrever. Mientras, una madre juega con su hijo y una mujer apoyada en la pared enciende rápidamente un cigarro. El grupo deja el escenario cantando a cappella. La gente se muda a la carpa, donde hay otra dj. Va siempre tras la música sin hacer ruido. Justo cuando la electrónica parece perder su papel en el escenario principal llega Penny Necklace con piezas serenas, profundas, fluidas y sensuales. Su voz susurrante se mezcla con los vibrantes graves de su estilo. Da una dosis de rave y se mueve rítmicamente dentro de ese sonido envolvente. Canta y pincha. Conquista el patio con su música de festival con temas humanos. Alterna letras más elaboradas con otras en las que solo se repite un lema o dos. Para rematar, Agua. Ahora suena de fondo Mala Rodríguez. Una mujer morena vestida de negro hace una posición de yoga mientras suena de fondo Atrévete de Calle 13.

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Una voz profunda invade el escenario y encoge los corazones. Es Manola, que toca el piano y canta. Arrastra a los demás músicos del grupo. El público, hipnotizado en sus letras lentas y llenas se emoción. Poco a poco va erizando la piel de los allí presentes. Dice que su show es muy tranquilito, pero con mucho amor. Recuerda al R&B. Da las gracias al finalizar. «Gracias a esto estamos consiguiendo todo lo que estamos consiguiendo», expresa, casi ahogada. A la tarde, lo que en principio parecía una reunión familiar, se transforma poco a poco en una auténtica fiesta bañada en el respeto. La segunda carpa acapara a todos. Se escucha Con altura interpretada por otra cantante y la sigue el corrillo del público. Atravesando el final, se abre otra sala al aire libre con otra dj. Allí esperan la barra y la compra de tickets para las bebidas. Luego, llega al gran escenario la murciana Yana Zafiro con un poco de trap y las valencianas Pájara rey. El sol pica menos. Se escucha de fondo «eres un pesado, no me des la chapa». Alguien pregunta que quiénes cantan mostrando su satisfacción. La gente mueve la cabeza. Tal y como hicieron otros, abandonan el escenario, pero la música no termina. El sol cae y los conciertos continúan. El cielo oscurece. El festival sigue sin estrago alguno. La gente está enganchada al sonido hasta bien entrada la noche.

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