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Pasión por el folk en Quebec

Dice Oscar Isaac, enfundado en la piel del entrañable perdedor Llewyn Davis, en la última película de los Coen: «Si nunca ha sido nueva y nunca se vuelve vieja, entonces es una canción folk». Esta sentencia, tan cierta hoy como en los principios de los sesenta que relatan Inside Llewyn Davis, nos deja varias preguntas: ¿Qué se puede aportar de nuevo a un estilo tan marcado, con tantos años, canciones, grupos y discos en su haber? ¿Qué sentido tiene hacer folk hoy en día? ¿O que sigan surgiendo nuevos grupos que creen nuevas canciones o discos de folk? ¿Para qué hacer un festival de folk en pleno 2014?

La respuesta es la misma que mueve a miles de personas a crear, compartir y escuchar la música de éste y otros estilos: la pasión. La misma que hoy en día provoca que alguien agarre una tabla de lavar, un banjo o una armónica para crear una música que sea nueva y estimulante a la vez que se hunda en las raíces y la tradición. La que motivó a dos mil quinientas personas a acercarse al Fabuleux Festival International du Folk Sale, celebrado en Saint Rose du Nord, en un rinconcito del norte de Quebec, a finales de junio. 

Perdido entre bosques insondables, frente a un increíble fiordo, este pueblecito de unas 150 personas, situado a unas seis horas en coche de Montreal, acoge desde hace 3 años uno de los festivales más auténticos del verano canadiense. En esta edición, una treintena de bandas lideradas por los quebequeses Canailles y Mononc Serge y los neoyorquinos World Inferno Friendship Society, hicieron bailar sin parar y levantaron el ánimo de todos los asistentes durante cuatro días. La mayoría de grupos, de los más conocidos a los más pequeños, lo dieron todo en el escenario y contaron con audiencias entregadas, ya fueran las seis de la tarde o las tres de la mañana.

A los cabezas de cartel, los multitudinarios Canailles, les tocó cerrar el festival, ya superada la madrugada de domingo. Su dosis de folk enérgico, hizo olvidar a los espectadores el cansancio acumulado durante tres días de acampada y sueño escaso. Tanto las canciones de su reciente LP Ronds-points como del anterior Manager du bois, fueron especialmente celebradas. Previamente, tampoco había defraudado el irreverente Mononc Serge, un veterano de la escena folk quebequesa que lleva desde principios de los 90 dando guerra. Armado con su contrabajo, repartió sarcasmo y clásicos críticos por doquier. 

El toque internacional lo pusieron World Inferno Friendship Society, que aportaron su mezcla de soul acelerado, ska y punk para hacer bailar a los asistentes sin descanso posible. Su actitud festiva se impuso a sus trajes elegantes y sus chanzas sobre los paletos rurales, que en un principio les hizo parecer pulposos esnobs en un garaje. El día anterior, también había sido muy celebrado el punk veterano del belga René Binamé, más austero y combativo, mientras que los rockabillys enlazados uno tras otro de Bloodshot Bill, hacían de banda sonora de la salida del sol. 

Quebec Redneck Bluegrass Project y Prospère Faucher and the Railroad Choir tuvieron que lidiar con un horario y un escenario poco propicios, pero salieron airosos con sus versiones más potentes de folk, mientras que Robert Fusil, con sus Chiens Fous, aportó un folk más tradicional, pero le supo dar la garra necesaria para cautivar al público. Y aunque muchas actuaciones contaron con fuegos artificiales, mención aparte merece el caso de Tintamare, un joven grupo montrealés que fueron los que mejor aunaron su música con el show pirotécnico.

Además, durante los cuatro días se pudo disfrutar de espectáculos y talleres circenses, números de burlesque, charlas políticas y hasta un taller de canto de ballenas... ¡Imposible aburrirse! Y los presentes nos quedamos con una sensación: la música nos envolvió durante todo el festival, gracias a los 350 artistas (un 10% del total de los asistentes) y a muchos de los espectadores, ya que en cualquier rincón había alguien dispuesto a animar el ambiente con su guitarra, violín o armónica. Un pequeño festival alimentado por la pasión por la buena música que permitió a todo el mundo pasárselo a lo grande.

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