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Dub Sex, la clandestinidad de un concierto histórico

Imagina que uno de los mejores grupos de una década, un mito para toda una generación, toca una noche en tu sala de conciertos más próxima, esa que tiene un aforo máximo de unas cien personas en la que las bandas que empiezan a dar sus primeros pasos en la música amenizan las copas con sus canciones desconocidas. Pues eso es lo que pasó el pasado sábado 31 en el Dublin Castle del pintoresco barrio londinense de Candem.

El Dublin Castle es al entrar el típico pub inglés, con la diferencia no tan rara en la capital británica de tener sus paredes decoradas con fotos de los mejores artistas, la crema del panorama musical en cada época, el panorama de Londres. ¡Oh pomada que nos alivia el urticante gusto que imponen los que negocian con la música! Al final del bar, en la esquina más oscura, está la puerta que da a la parte trasera, un espacio pequeño, de paredes negras, una barra medio escondida y un escenario no apto para orquestas en una esquina con una hipotenusa de no más de cuatro metros. Este fue el lugar escogido por la mítica banda de Manchester Dub Sex para su regreso, nada menos que veintiséis años después de su última actuación, a la sede del punk.

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Representantes de aquel movimiento abanderado por los Sex Pistols, que sonaron antes del concierto, y neófitos pinta en mano se reunieron para ver, los unos de nuevo y los otros por primera vez, a esta formación de injusto reconocimiento en la historia de la música. La parcheada banda, solo quedan su cantante Mark Hoyle y el guitarrista Chris Bridgett de la formación original, no defraudó al público, los dos veteranos sonaron a una energía más propia de un debut que de un regreso en aquella sala para principiantes. Nada de un concierto de viejas glorias para el conformismo de unos fans a los que les hubiese valido con el favor de tocar otra vez de cualquier forma. El concierto estuvo lleno de rabia punk y gritos de éxtasis del viejo Hoyle, de sudor arriba y abajo del escenario, un encuentro con el pasado, para la mayoría del público, e incluso para los dos Dub Sex originales, fueron sesenta minutos de rejuvenecimiento. A sabiendas, eso sí, de que más de una hora de concierto hubiese sido un error y que una retirada a tiempo es una victoria. El público quería más después del concierto y eso es un triunfo.

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No dejaron hueco a las peticiones de los fans, sacaron de su polvoriento cancionero los temas que marcaron su carrera, alcanzando el zenit de tan brillante exhibición hacia la mitad del concierto cuando hicieron saltar a las primeras filas encabezadas por los seguidores de toda la vida con su maravilloso Swerve.

Dub Sex nació a principios de los ochenta y alcanzaron el éxito a finales de la década con numerosas apariciones en televisión y el respaldo unánime de la crítica, hasta su desaparición a principios de los noventa.

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