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¿Dónde está la independencia?

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Independientes se les llamó, en su día, a los pequeños sellos discográficos locales donde nació esa música ruidosa que hacían seres marginales venidos del campo y de los barrios feos de la ciudad. Esa «música de la jungla que rebaja al hombre blanco al nivel del negro» (Asa Carter). Pero, hoy en día, ¿son tan independientes como pensamos?

Hoy me gustaría hacer un alegato a la justicia. Quisiera hacer que entre la alegría en la casa del pobre.

El Rock and Roll nació como medio de expresión de los más desfavorecidos de la sociedad. Esclavos que tras recoger algodón de sol a sol, ahogaban sus penas en alcohol y cantaban tristes canciones en las que expresaban sus anhelos y derrotas, donde daban rienda suelta a la necesidad de gritar y contar sus precarias condiciones de vida, sus instintos reprimidos y la certeza de que nada cambiaría hasta el fin de sus vidas.

Pero, ironías de la vida, estas canciones llenas de desesperación hacían disfrutar y reír a los hijos de sus dueños, quienes crearon una versión descafeinada y edulcorada llena de descapotables, tupés, cazadoras universitarias y calcetines tobilleros. La degeneración no pudo llegar más lejos. La forma de expresión de los sentimientos más profundos de un ser humano que sufre se transformó en una moda superficial y elitista cuya máxima aspiración era el pavoneo, la exhibición o la ostentación. Todo ello facilitado y precocinado por una industria del entretenimiento que solo entiende que hay dinero en hacer creer a los más despreocupados que forman parte de un mundo virtual donde los sueños más superfluos se hacen realidad.

Pero lo más doloroso es comprobar como sesenta años después nada ha cambiado. La máquina de hacer dinero aprovecha las inquietudes y creatividad de una minoría activa para hacer negocio, una vez que estas se han manipulado y adaptado al gusto de una mayoría con poca capacidad de discriminación.

Bajo la tapadera de una presunta contracultura, la industria del entretenimiento crea monstruos capaces de conquistar la complacencia de unos consumidores ávidos por dar sentido a sus placenteras vidas. Esta patronal de la industria se convierte, al mismo tiempo, en crítico, mánager, discográfica y promotor de conciertos. Es el «show business» donde, a base de repetir los mismos tópicos y mentiras hasta la saciedad, la burla más descarada adopta forma de honradez. No importa el contenido ni el mensaje, sólo importa la imagen y la superficialidad más vulgar. El negocio del ocio.

Estos especuladores que se disfrazan de rebeldes intentan controlar el poder que proporciona la cultura popular imponiendo una falsa profesionalización que no es más que la necesidad de controlar una posible insurgencia contra dicho negocio.

Por desgracia, la independencia ha aprendido del negocio, arrastrando sus virtudes y sus defectos. Para una gran mayoría ha dejado de ser una forma de entender la música para convertirse en una moda a la que acuden todo tipo de personajes, con distintas intenciones.

Es triste ver como en pleno siglo XXI se mantiene la misma manipulación y esclavitud de entonces, pero ahora más sofisticada. Al menos estos viejos músicos esclavos eran libres para expresar sus sentimientos y crear sus obras. Ellos conocieron la auténtica independencia.

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