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El western pop de Tarantino

El western pop de Tarantino

Pocos directores como Tarantino despiertan esas ganas de ir al cine como si de un parque de atracciones se tratara. Hacía años que no veía una cola tan grande para entrar a la sala, y por supuesto, en contadas ocasiones puedes ya oír los aplausos al final de una película. Es el efecto Tarantino, el cine en estado puro, la esencia del séptimo arte. Gracias a él volvemos a conectar con la tradición y el sentido de ir al cine. ¿Puro entretenimiento? Muchos lo tildan de provocador, alborotador y fanfarrón, pero quizás estemos ante uno de los más ortodoxos y fieles hacedores del oficio del cine.

Como ya lo hiciera con Malditos bastardos, donde alude directamente a una joya italiana, Aquel maldito tren blindado, que en EEUU se conoció como The Inglorious Bastards, en Django desencadenado se remite al clásico del spaghetti western Django de Sergio Corbucci (1965). Pero como también pasaba en la anterior, se trata de un falso remake, ya que quitando el opening, con la música, los títulos de crédito, con ese mismo caminar de Django arrastrando el propio peso de la muerte y la soledad y el cameo de Franco Nero (protagonista del film original), nada queda del film de Corbucci durante los 165 minutos que dura la cinta.

Existen innumerables referencias tanto fílmicas como literarias, ya que las referencias históricas sólo sirven aquí para enmarcar la historia, la cual se desarrolla en torno a 1858 con el periodo de la esclavitud negra americana. Django desencadenado alude, al menos en el título, al Prometeo Liberado del poeta Percy Shelley. Una tragedia griega convertida en western donde Zeus es cambiado por un sistema monstruoso e injusto que encadena a Prometeo, el hombre negro, y Hércules es el dentista cazarrecompensas que lo libera a cambio de algo. Incluso se podría justificar el final feliz de la película gracias a que la versión del romántico Shelley termina con un canto al amor y a la esperanza.

Django, protagonizado por Jaime Foxx, quizás pueda parecer insustancial, pero hay que tener en cuenta varios factores: el compañero de viaje, el inmenso Christoph Waltz que da vida al Dr. King Schultz, junto con Leonardo DiCaprio que inesperadamente borda el papel de Calvin Candie y un Samuel L. Jackson que literalmente se adentra en la piel de Stephen, el antagonista maligno que cualquier héroe debe tener. Además, aquí nuestro protagonista no se mueve por venganza, si no por amor. No es un personaje complejo, con contradicciones y rincones oscuros, no existe maldad, sólo la fuerza del amor.

Las críticas que hablan de una película altamente violenta y sangrienta que banaliza con la historia de los esclavos y su sufrimiento, no han tenido en cuenta al director de la misma. Cuando uno va a ver a Tarantino tiene que saber que a ver 100% ficción, una estética altamente cárnica y de cómic, que no pretende llegar al espectador por medio de la empatía. Si analizamos la violencia en Django podemos incluso separar dos violencias, la violencia real del esclavismo, esa que aplica el hombre blanco sobre los negros; y la violencia pop y de plástico que es la que utiliza el héroe negro.

Y realmente es por cosas como esta que Tarantino es un genio, porque sublima o quizás patetiza cualquiera de sus personajes y escenas violentas haciéndonos reír en momentos que quizás otra película nos haría vomitar de horror o gritar de estupor. Aquí la sangre pasea libremente ante nuestros ojos pero en ningún momento le hace sombra a las magníficas interpretaciones que son unas de las grandes protagonistas.

Pocas veces hemos visto a un DiCaprio tan maduro y ejecutando a la perfección el papel de malo por nacimiento. Un personaje que admira y disfruta la brutal lucha a muerte de dos mandingos (inspirada en Mandigo de Richard Fleischer) pero que después por una alta cantidad de dinero es capaz de venderse a un negro o recibir órdenes de Stephen, su mayordomo. Samuel L. Jackson, ese criado pérfido de mirada punzante resulta ser el personaje más retorcido y vil del film, además de ser el único negro que en vez de ver en Django un símbolo de liberación, ve a su rival porque siente que es el único que puede quitarle el puesto en ese sistema que maneja y del que se alimenta. La víctima del sistema es transformada en motor del propio sistema.

Las dos primeras partes de la película, el adiestramiento y la infiltración en la plantación en busca de la mujer de Django, son realmente magistrales, haciéndonos olvidar el paso del tiempo y asistiendo a situaciones tan cómicas como la discusión de los miembros del Ku Klux Klan o tan tensas como la escena de Dicaprio y la calavera. El final llega a ser precipitado y con mucha menos complejidad que los dos anteriores actos.

Un film del que se podrán leer numerosas críticas, incluso se podría hacer una tesis sobre la misma, pero lo importante es la autenticidad de la cinta y de la de su director, que no pierde su esencia, creando esas mismas películas que a él le gustaría ver. Una leyenda del cine actual que juega como quiere y al que además lo nominan para los Oscars. ¿Qué más puede pedir? ¿Salir en la película? Pues también.

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