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El factor sorpresa: Amatorski

Me encanta la tecnología aplicada a la música pero no me gusta excederme, al menos antes de acudir a los festivales. Como antaño, me gusta dejar un espacio al factor sorpresa. Escuchar algunos grupos previamente en mi casa, si, pero sin abusar, para que luego in situ cuando me golpeen tenga que preguntar a quienes quieran que estén al lado: ¿Quiénes son? ¿De dónde han venido? ¿A dónde nos llevan?

Este año el premio al factor sorpresa se lo llevó el grupo belga Amatorski, que me cogió desprevenido y me provocó unas sensaciones tan fascinantes como diferentes y confusas, y por eso mismo son dignas de agradecer.

El concierto fue el tercero de la tarde del sábado 13 de septiembre, a eso de las 10 de la noche. Entré en el, como lo llamo yo, semi-foro-romano, aunque normalmente es conocido como anfiteatro, y me senté cómodamente justo enfrente del escenario, a relativamente poca distancia. Hay que decir que la acústica del recinto es excelente, da igual si te sientas o te pones de pie bajo el escenario. Está a medio camino entre un teatro cerrado y un gran recinto al aire libre, potenciando las cualidades de ambos (luego comprobé que al estilo de Amatorski le venía de perlas).  

Salieron a escena tres músicos (dos muchachos y una muchacha). Batería, bajo, teclados y voz (más bases y efectos), estos últimos a cargo de su líder, Inne Eyesermans, que los tocaba consumadamente. Lo digo en plural porque alternaba dos teclados (uno encima del otro). Obviamente el piano llevaba el peso de la música, su agradable voz la dosificaba, y grandes partes eran desarrollos instrumentales. Música nostálgica, relajada, lánguida, intimista... Música como la bruma que al principio es ligera pero cuando te vas a dar cuenta no ves más allá de cinco metros y te tiene totalmente atrapado.  

Tengo que reconocer que de entrada no me estaba gustando especialmente, me resultaba algo aburrido. Así lo debió pensar más gente ya que muchos abandonaron el recinto, quedando de público más o menos la mitad en comparación con otros conciertos. Pero los que persistimos obtuvimos recompensa.

Con la persona que tenía al lado mi conversación versaba sobre lo entroncada que está la música que escuchábamos (y de mucha de la que consumimos) con la música clásica europea. Incluso me puse filosófico, el caso es que me di cuenta que mis palabras no eran pura casualidad sino influencia directa de la música que sonaba. A partir de ese momento me quedé mudo y pegado a mi asiento: disfrutarlos hasta el final era una necesidad; el piano sonaba maravilloso y su voz calaba como la lluvia fina (poco a poco me habían ganado por completo, la magia de su concierto fue in crescendo hasta envolvernos por completo con sus efluvios etéreos).  

Después del concierto se produjo en mí un cambio emocional. Mi euforia se había apagado. Pero no era algo malo. Realmente está mal dicho, mi euforia como la energía se transformó: me había  tranquilizado y estaba en estado catatónico. Alguien me saludó, no lo reconocí en un principio pero sí que lo conocía. Tuve que disculparme: «Perdona, el último concierto me ha dejado obnubilado, en estado de shock». Creo que lo comprendió.

Miraba a la gente bailando en las sesiones pinchadiscos pero no podía meterme así de golpe. Son sesiones muy animadas que me gustan mucho pero necesitaba un proceso de adaptación. Fui acercándome poco a poco hasta que mi cuerpo se sincronizó con el de los demás festivaleros. Finalmente mi ritmo vital navegaba en las mismas coordenadas dimensionales que la mini masa (al South Pop lo llamo cariñosamente festival de andar por casa porque es tan coqueto como encantador).  

Pero la esencia del concierto la llevaba contenida y no me iba a librar de ella tan fácilmente. Más tarde, a altas horas de la madrugada, en esas mismas sesiones Djs, me encontré a una chica que me recordó a la líder de Amatorski: delgada, rubia y de pelo corto. Le pregunté si había tocado anteriormente sobre el escenario. Me miró con cara extrañada y me dijo que no. Aun así le respondí que me había fascinado su concierto. A esas alturas de la noche la bruma del factor sorpresa me había envuelto por completo y estaba al borde de la locura.

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