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Trust en el Club Berghain

Trust en el Club Berghain

Trust sorprende por una voz grave y severa, por unas melodías elegantes. Por un pop electrónico armoniosamente ensamblado. Sencillas materias primas, seductores ritmos, que hacen al público bailar como posesos. Elevar los brazos al cielo, hacia el monstruo Música.

Que iba a un concierto complicado, lo sabía. Lo sabía porque la noche se anunciaba a muchos grados bajo cero. Porque el club donde tendría lugar sería el club Berghain e iría sola y tarde a esa nave industrial perdida en ninguna parte. Allí actuaría Trust.

Allí actuó Trust y entre intimidada e ilusionada accedí a la sala. Y es que el gigantesco pabellón sobrecoge por lo grande, por su hormigón, por sus recovecos. Escaleras en mitad de una nada que te llevan a la fría y viva sala. Avisada quedo de que si saco alguna foto, aunque sea con el móvil, a la calle que voy. Códigos sobrecogedores.

Tras luchar contra la cola de espera, el guardarropa y el grifo de alguna cerveza, por fin me acerco al escenario. Primera fila, respiro hondo. Por fin, ahora solo se trata de música...

Tras la actuación de Zebra Katz que me perdí disgustada mientras sorteaba las barreras del acceso al lugar; y tras la actuación de Anika (un intento de Portishead que únicamente me transmitió sopor), humos azules y clamores del público envuelven la salida de Robert Alfons, Trust.

Trust se formó en 2010, en Toronto. Criatura formada por Robert Alfons y Maya Poptepski (batería del grupo Austra), editan Candy Walls como su primer EP con el sello de Brooklyn, Sacred Bones, en 2011 (sello de grupos como Moon Duo, Wymond Miles o Led Er Est). El elepé, TRST, de 2012 fue lanzado con Arts & Crafts, sello canadiense de Bloc Party, Feist o Broken Social Scene entre otros.

Humo cobalto protege la salida de Robert. Maya no estaba. Una joven a la batería y otra chica al sintetizador. Parca escena y a priori discretas figuras que nos golpearían con mucha fuerza en un momento.

La voz de él siempre me había parecido misteriosa, como de ultratumba. La música de ellos, su synth pop, divertido a la vez que oscuro. Su música, sus temas, me resultan muy seductores. Un punto erótico despiertan estos niños con su electrónica. Creo que con el tema F.T.F. donde nos dicen «entrar en tu habitación» se puede comprender lo que digo. Pero hubo dos cosas que me sorprendieron muchísimo del directo. En primer lugar, que esa grave y casi fantasmagórica voz emanara de un cuerpo casi de niño. Que la figura delgada e inquieta de Robert Alfons tuviera una caja de sonidos tan graves. Que su aspecto juvenil, casi de propaganda, albergara tanta gravedad.

En segundo lugar, en cuanto comenzó el concierto con el tema Shoom, me encantó comprobar cómo la escasez de material no era sinónimo de escasez de calidad. Me encanta ver que el arte está en las personas, en su moverse, en su transmitir, en sus notas y sus creaciones y comprobar que un sintetizador, una batería y una voz es suficiente para poner la piel de gallina. Esos son los milagros de la música.

Y el milagro de la música, a través de temas como Bulbform nos poseyó a todos. El público (y este sería el tercer soporte de este artículo) estaba entregado. La música, la electrónica, los movimientos nerviosos del cantante, su voz esotérica y unos temas elegantes nos tomaron y bailamos sin que nos importaran los roces, ni el sudor. Público muy heterogéneo, por cierto: gorras hacia atrás, murciélagos, ambiguos, pestañas postizas...

Cuando en el bis empezaron a sonar las primeras notas del Candy Walls, el tema más conocido de Trust, nuestro «¡Oh!» fue monstruoso y bailamos y extendimos los brazos hacia el cielo. Cuánto bueno.

Con el último tema decidí abandonar la sala. Tenía que volver a la noche, a la de verdad, a la de muchos grados bajo cero. Tarde a montar en trenes de regreso a casa. La fantasmagórica diversión quedaba atrás en la nave industrial. Aunque algo se me coló en los bolsillos del vaquero.

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