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La isla perdida de Eden Ahbez

Eden Ahbez

La historia casi siempre es caprichosa. Puede esculpir el nombre de mediocres sobre las columnas marmóreas de su templo, elevarlos a los altares dorados de la perpetuidad y en cambio, someter a una larga condena de incomprensión y amnesia a mentes verdaderamente brillantes. Podríamos quedarnos sólo con esta parte del cuento. Sería bonito. En cierto modo justificaría el discreto paso por la línea del tiempo de la mayoría de nosotros. Pero, ay, siento defraudaros —redoble de tambores—, me temo que no funciona así el invento.

No existen normas. La anarquía que reina en la absurda Crónica de los Triunfadores haría palidecer al más ácrata de los punks. La ecuación tiene tantas incógnitas que puede dar el resultado opuesto; o dar mil rodeos hasta llegar a la nada más ridícula; o entregárnoslo todo y quitárnoslo después a su antojo; o incluso lanzar al mar una botella con nuestra tarjeta de visita en su interior, perderla de vista durante décadas y hacer que amanezca un día de verano en la playa privada de un supersticioso magnate de la industria musical. Ay, el azar, amigos. El Azar. ¡Qué puñetero es! Si conociésemos todos los factores que entran en juego para que una obra o un artista consigan el éxito nadaríamos todos en la bóveda de caudales del tío Gilito.

En abril de 1948, un joven Nat King Cole entraba en las listas Billboard con Nature Boy. Subió como un cohete y logró permanecer en el primer puesto durante ocho semanas. La canción encandiló a la población estadounidense de posguerra; triunfó y no era para menos, lo tenía todo: una arrebatadora y melancólica melodía —sospechosamente parecida al Quinteto para Piano Nº2 en La Mayor de Antonín Dvorák—, la aterciopelada voz de un Cole en estado de gracia y la sugerente historia de un tímido muchacho que tras viajar por tierra y por mar nos da una —uh, uh, uh— lección sobre el amor: «la cosa más grande que jamás aprenderás es tan sólo a amar y a cambio ser amado». Ahí queda eso. Romanticismo naïf invadiendo pacíficamente nuestros oídos.

Nature boy  ha llegado a nuestros días convertida en un estándar que ha sido interpretado por figuras de lo más variopinto. Imaginad la cantidad de posibilidades estilísticas que pueden brotar entre la guitarra gypsy jazz de Django Reinhardt y el dramatismo teatral de David Bowie; pasando por Frank Sinatra, José Feliciano, Ella Fitzgerald, James Brown o Caetano Veloso... ¡Incluso Leonard Nimoy la grabó, por Dios! — «Very far, very far...», ¿desde Vulcano quizás?—. [Nota mental: sólo tengo palabras de agradecimiento para Pitingo, gracias por no caer en la tentación].

Bien, tarde o temprano alguien tenía que hacerse la pregunta: ¿quién estaba tras aquella melodía llamada a perdurar? ¿Qué mente preclara? En verano del 48 las revistas Time y Newsweek dedicaron sendos reportajes al compositor, un enigmático personaje que se hacía llamar Eden Ahbez. Sorpresa. Lo que allí descubrieron fue a un hombre que parecía haberse adelantado casi dos décadas al Verano del Amor. Su nombre auténtico era George Alexander Aberle y tras su largo cabello y su tupida barba se escondían buenas dosis de ascetismo —él mismo presumía de vivir a la intemperie con tan sólo 3 dólares al día—, misticismo oriental, vegetarianismo, vocación ecologista, conciencia pacifista y, por qué no decirlo, un aspecto realmente grotesco si se contextualiza en la época. Un hippie de manual, en definitiva.

Lo cierto es que la gloria de Nature boy nunca volvió a repetirse. Eden Ahbez trabajó nuevamente con Nat King Cole en 1949 con el tema Land of Love (Come My Love and Live with Me)  y siguió componiendo para diversos artistas a lo largo de la década de los 50 —cabe destacar Lonely Island, para Sam Cooke en 1958—, pero sus partituras no alcanzaron ni de lejos el respaldo de aquel primer éxito.

El reconocimiento definitivo pudo haber llegado cuando la década de los cincuenta daba los últimos estertores. La gran oportunidad se presentó de la mano de Bob Keane, propietario del sello discográfico Del-Fi, que le propuso grabar el que, por otra parte, sería el único larga duración que Eden Ahbez publicaría en vida: el fabuloso Eden's Island (The Music Of An Enchanted Isle).

Con el entusiasmo que supone ver por primera vez tu nombre encabezando la portada de un LP, Ahbez ejerció de audaz Robinson Crusoe musical y en 1960 se embarcó en un viaje sonoro que podríamos enmarcar dentro de la música exótica, un género que tuvo relativo auge durante toda la década de los 50 y la primera mitad de los 60. Aderezado con opulentos coros femeninos, pasajes recitados de poesía beat y con la laboriosa entrega de una tripulación cargada de pianos, bongós, marimbas y vibráfonos, Eden's Island es una joya para paladear con los ojos cerrados mientras se degusta una copa de algún potente destilado caribeño —creo que esta vez obviaremos las drogas alucinógenas—. Sin duda, nos ofrece un billete que nos permite viajar a rincones donde sólo nuestra imaginación llega, una isla fantástica anclada en un tiempo sin determinar donde conviven en armonía animales exóticos y pacíficas tribus rodeados de una naturaleza idílica solo existente en los más ingenuos relatos infantiles. De acuerdo, añadamos también barcos fantasma, tesoros ocultos, cuevas misteriosas y cabañas construidas sobre los árboles, ¿cómo lo veis?

Por desgracia, el álbum fue incomprendido por la prensa de la época y resultó ser un rotundo fiasco. De poco sirvió el prestigio del que Eden Ahbez gozaba entre la comunidad psicodélica —una foto lo sitúa con Brian Wilson durante las sesiones del SMiLE  de los Beach Boys en 1967—, su actividad musical se fue haciendo cada vez más infrecuente y el otrora cotizado compositor acabó cayendo en un relativo olvido.

Sorprendentemente, varias décadas después, en los 90, surgió un renovado interés por la música exótica, el lounge y el surf. Tal vez fuese la curiosidad que mostraron varios coleccionistas por aquella extraña rareza la que hizo que la extinta Del-Fi Records sacase su mano de la tumba y decidiera reeditar parte de su catálogo en 1995. Sí, habría sido un hermoso homenaje a aquel viejo hippie, que en aquellos años se encontraba recopilando material para publicar un disco y un libro. Pero, vaya, maldita su suerte, aquel mismo año fallecía como consecuencia de un nada exótico accidente automovilístico. Ya he mencionado lo puñetero que puede llegar a ser el azar, ¿verdad? Desde luego no tenía reservado un final Disney.

Sé que ya podéis oír el rumor. Las olas mueren empujándola con delicadeza y el último jadeo de espuma la balancea con sus idas y venidas. Parcialmente enterrada en la arena, flirtea con un rayo de luz y os hace guiños de complicidad, entregando centelleos insinuantes. La botella ha viajado por los mares del tiempo hasta acabar en esta playa por la que ahora paseáis. Sinceramente, yo que vosotros le echaba un trago. Invita la casa.

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