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El sudor y la juerga

En el estado de Missouri (USA) un frondoso bosque de árboles rodea el bonito lago de Ozarks. Cerca de allí, unas cinco millas al sur, se halla el parque estatal de Ha Ha Tonka, provisto de entre otras cosas de cuevas, manantiales y las ruinas de un castillo que fecha de principios del siglo pasado. Las palabras “Ha Ha Tonka provienen de lenguas nativas de la zona y vendrían a significar algo así como “aguas risueñas”.

Nuestros cuatro protagonistas tomaron este curioso nombre para su banda después de desechar el de Amsterband. Su andadura en el mundo de la música se inició allá por el año 2005 y a fecha de hoy llevan registrados cuatro álbumes. Con  Death of a decade (Bloodshot records 2011) y canciones irresistibles como “Usual Suspects” o “Jesusita” lograron llamar la atención de crítica y público americano.

Al crítico atento a lo que estaba triunfando al otro lado del charco no se le debió escapar que aquello sonaba “algo” a Mumford and Sons y en un juicio precipitado se podría cerrar el tema diciendo que Ha Ha Tonka serían la respuesta americana al éxito de Marcus Mumford. De hecho, todo músico de folk-rock que hoy en día se atreva a poner unos coros épicos entre sus acordes debe pagar el peaje y rebotar como una pelota de pin-pon entre Mumford and Sons y Arcade Fire, sin olvidar a Kings of Leon. Y no faltarían argumentos escuchando a bandas como Noah and the Whale y Of Monsters and Men, que precisamente no van sobradas de personalidad.

Sea como sea Ha Ha Tonka no ha consumado el supuesto éxito “fácil” que se les auguraba y no porque su última entrega, Lessons (Bloodshot Records 2013), no posea atributos para seducir al oyente, que los tiene y de sobra, sino porque la banda de Brian Roberts nunca ha acabado de encajar en ese paquete. Ellos son del medio oeste americano y miran hacia el sur, hacia la música de raíces, revitalizada y enriquecida con millones de matices por tantas bandas actuales (North Mississippi All Stars, Deer Tick, Bright Eyes, Murder by Death o Drive By Truckers, por decir algunos) ese es su espacio.

Estos últimos días de mayo son las fechas elegidas para la gira española de Lessons, que ha empezado por Barcelona y seguirá por Valencia, Madrid, Cangas de Morrazo (Pontevedra) y finalmente Bilbao. El show brindado en la sala Rocksound sólo puede definirse cómo de apabullante. Con apenas unas treinta personas enfrente los de Missouri son de esas bandas que se ganan con sudor y el trabajo duro y bien hecho el aplauso del público. Los riffs de la mandolina de Brett Anderson (nada que ver con Suede) son un elemento característico de su sonido contagiando hasta a los más sosos y desde el principio pusieron la quinta marcha. El carismático pelirrojo Brian Roberts pidió la participación de la gente para que la noche acabara en una buena juerga y vaya si lo fue. Las palmas, los saltos y los gritos fueron la tónica de unos asistentes entusiasmados ante la pasión con la que estos muchachos se entregaron, la honestidad de unos músicos empleándose a fondo para hacer disfrutar a sus fans. Esa comunión perfecta que a menudo sólo se crea en salas pequeñas.

Durante cerca de una hora y media dieron un buen repaso a lo mejor de su obra. Temazos de su último disco como “Death To The World”, “Arabella” o “Lessons” se combinaron con la ya citada “Jesusita”, “Made Example Of” o “Westward Bound” del anterior para hacer cantar a grito pelado al personal.  A su vez regresaron al primer lanzamiento, el más rockero: Buckle in the bible belt (Bloodshot Records 2007) para desempolvar temas como “Caney Mountain” y el fantástico rithm and blues sucio de “St. Nick On The Fourth In a Fervor”. En medio del alboroto general hubo tiempo de calmarse cuando, como si de un combo vocal de gospel se tratara, los cuatro “tonkas” dejaron sus instrumentos y lucieron sus grandes voces en “Hangman”, un momento mágico en que la sala quedó en absoluto silencio y sólo se oyó de fondo el ruido de las cámaras fotográficas. Pero fue justo un instante porque enseguida el riff inicial de mandolina de su gran hit “Usual Suspects” desató la locura. Es lo bueno de esta banda, que pueden cantar a cuatro voces como los ángeles y cuando te despistas sacan el demonio del rock de su interior y demuestran de dónde vienen, ahí estuvieron esas dos grandes versiones de Tom Petty (“Learning To Fly”) y del legendario bluesman Lead Belly (“Black Betty”) que fueron como un puñetazo en la mesa para despedirse a lo grande.

Tras una noche de duro trabajo la banda recibió su recompensa. Finalizado el show la gente no tardó ni en segundo en dirigirse al stand dónde tenían todo su merchandasing y estuvieron un buen rato firmando discos y camisetas. Se lo habían ganado con creces. Otra noche para seguir creyendo en el rock.

Texto y fotografía: Nelson Bonastre

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