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Doble ración de oficio yanki

A pesar de ser uno de los cantautores de folk-rock más reconocidos de su país y de venir acompañado por una banda de lujo como son los Dawes, Conor Oberst apenas consiguió llenar poco más de la mitad de la sala Apolo. Se pueden buscar explicaciones como, por ejemplo, que las fechas eran poco propicias, pero siempre es perder el tiempo en intentar dilucidar qué es lo que atrae a la gente a un concierto en detrimento de otro.

Dicho esto, para los buenos aficionados al folk-rock americano la cita era ineludible, y no creo que salieran defraudados. Si hubiera que poner alguna pega, diría lo corto que se hizo el concierto de los Dawes, que nos dejaron con la miel en los labios. El conjunto californiano tiene un “súper clase” en su líder Taylor Goldsmith, poseedor de una privilegiada voz además de ser un excelente guitarrista, cómo pudimos comprobar después secundando a Oberst.

Son aún jóvenes, con tres discos en su haber, pero en directo tienen tanto oficio que parecen ya unos veteranos. En su breve actuación repasaron todos sus trabajos, sobresaliendo temazos como When My Time Comes (North Hills, ATO Records, 2009) con esos sublimes coros a tres voces, recordando a Tom Petty en los acordes de Time Spent in Los Angeles (Nothing is Wrong, ATO Records, 2011), o ese riff rompiendo el tempo de la vitamínica Most People (Stories Don’t End, HUB Records, 2013). También presentaron un tema nuevo, Somewhere Along The Way, y se despidieron momentáneamente con From The Right Angle que tuvo un gran final, más largo que la versión en estudio.

Quince minutos más tarde aparecieron los mismos más una pequeña figura con sombrero negro. El hombre del sombrero es Conor Oberst, natural de Omaha (Nebraska), un chico de 34 años que compone y graba canciones casi de forma compulsiva desde los 13. Enseguida empieza hincándole el diente a su nuevo disco Upside Down Mountain (Nonesuch 2014), atacando dos de los mejores temas, Time ForgotZigzagging Toward The Light.

Llama la atención la forma cómo vive su música, la manera tan expresiva de cantar sus canciones casi interpretándolas cual actor sin dejar de gesticular con las manos, y ello nos da una buena idea que para Oberst todo este tinglado parece como la necesidad de respirar. Goldsmith y Oberst se complementan a la perfección, el primero ya habíamos dicho que era todo clase y elegancia, mientras que el segundo es puro nervio, dando vueltas sobre sí mismo en multitud de ocasiones y rasgando su guitarra con rabia.

Como era de esperar el cantante de Nebraska metió mano del repertorio de su proyecto más conocido, los Bright Eyes, y así pudimos escuchar clásicos cómo We are Nowhere and it’s Now y Old Soul Song de su disco I’m Wide Awake it’s Morning (Saddle Creek, 2005); Hit the Switch de su disco Digital Ash in a Digital Urn (Saddle Creek, 2004) su trabajo con un sonido más arriesgado y experimental; o incluso a los teclados le vimos tocar la oscura Lover I don’t Have to Love del disco The Story is in the soil… (Michita Recordings, 2002) el larga duración que les puso en el mapa del folk.

También se acordó de su anterior disco en solitario, Conor Oberst (Wichita Recordings, 2008), con Moab y dos fantásticas composiciones como son Cape Canaveral y Danny Callahan. Una de las más celebradas fue el single Hundreds of Ways de su último trabajo, y el clímax instrumental del grupo se alcanzó antes de los bises con un espectacular solo de guitarra de Goldsmith en I Got the Reason, una canción sacada del disco Outer South (Merge Records, 2009) en colaboración con la Mystic Valley Band. En los bises el dúo Oberst-Golsmith se lució de lo lindo tocando y cantando solos en el escenario la íntima Lua, y echaron el cierre a lo grande todos los músicos con el adrenalínico country rock de Travellin’ Song.

Un gran concierto de folk-rock con artistas que pueden llegar a ser muy grandes dentro de unos años, pero tristemente de momento a poca gente parece interesarles.

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