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Cisnes apocalípticos

Dicho claramente, la gira europea del último disco de Swans, To Be Kind (YoungGod Records, 2014) llegó a Barcelona y ganó por goleada, un triunfo a lo grande. Casi tres horas del tirón, sin descanso alguno, se cascaron los reyes de ese sonido llamado de tantas formas diferentes: post-punk, noise, minimal, experimental, rock industrial etc. En fin, ya sabemos que el tema de las etiquetas es ese mal menor que debe existir para poder clasificar de alguna forma y que no deja de ser, en algunos casos más que otros, un corsé que aprieta demasiado.

Incluso después de verles sigo sin saber cómo definir la música de Michael Gira y su tropa, una propuesta extrema que puede llevar al borde de un ataque de nervios al gran público pero a la vez llevar al séptimo cielo a un sector minoritario. Tiene su mérito pues que una banda que practica un género poco popular y que hace cuatro años regresó tras disolverse en 1997, haya conseguido despertar tanto interés viendo la sala Apolo completamente abarrotada.

La actuación en sí estuvo obviamente muy centrada en el citado To Be Kind, iniciada por el polivalente Thor Harris (colaborador de Bill Callahan y Shearwater entre muchos otros) rodeado de todo tipo de instrumentos y tocando un gong enorme ante un silencio casi religioso de todos los presentes. Le siguió Phil Puleo a los platos, un batería de otro planeta, y unos minutos más tarde entró Christoph Hahn empezando a herir nuestros oídos con el Lap steel.

Finalmente entraron el bajista Christopher Pravdica, el imponente guitarra lleno de tatuajes y único superviviente original de la banda Norman Westberg, y el gran maestro de ceremonias Michael Gira sin su sombrero habitual. Ya teníamos a los seis jinetes del Apocalipsis en marcha, liando marañas sonoras, ambientes enrarecidos, dirigiendo muy lentamente todo ese ruido hacia desenlaces de ritmos espasmódicos, hipnóticos, que parecen eternos y nos conducen a una noche sin fin. Siempre bajo la batuta del maestro Gira, que sutilmente va marcando los tiempos e intensidades entre sus compañeros, decidiendo cuando mantener una línea y cuando acabar, y moviendo alternativamente sus brazos en una especie de trance.

Es bastante complicado hablar de “canciones” en un grupo como Swans, los que han tenido la paciencia de escuchar algún trabajo de los últimos entero sabrán a que me refiero, ya que sus discos parecen una sola canción troceada en varios fragmentos. A pesar de eso, entre los muchos momentos mágicos de la velada destacaría piezas como a Little God in My Hands, esos treinta y pico minutos de Bring the Sun/Toussaint L’ouverture que se abren con tres minutos de machaque obsesivo de dos notas, las increíbles percusiones de She Loves Us, o los golpes de sonido jugando con el volumen que Westberg consigue a la guitarra en Oxygen. Todo ello configura un espectáculo que vale la pena ver aunque uno no tenga el oído acostumbrado a este tipo de música.

Hacia el final una parte del público estaba ya algo agotada, y es que el “viaje” por espacios siderales había sido largo. Se encendieron las luces, los seis jinetes se pusieron delante del escenario y devolvieron los aplausos recibidos. No tengo ninguna duda de que para la mayoría hemos asistido a uno de los conciertos del año. Eso sí, con pitos en las orejas durante días.

 

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