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Alexandre Lacaze, esperanza

Confieso que no sé hablar francés y que no me entero de la letra de las canciones cantadas en ese idioma, es por eso que me concentro en la música y dejo volar libremente mi imaginación. Dicen que el rock and roll tiene poder de evocación y debe ser eso lo que hace que ante mí aparezca una sucesión de imágenes encadenadas, mezcla de pasado, presente, futuro, ficción y realidad.

Y es que eso es lo que sucede cuando escucho el nuevo disco de Alexandre Lacaze, Les recifs de l´espoir. Una obra cargada de sensibilidad que logra que una corriente recorra mi columna vertebral y erice mi piel. ¿Sensiblería quizá? Más bien pienso que un gran músico (intérprete y compositor) como Lacaze posee el arte, la inteligencia y el oficio necesarios para comunicar emociones y sentimientos que consiguen activar la capacidad sensorial del oyente.

 

Me pierdo una parte importante de la canción, pues no me entero de la letra, pero recibo su mensaje alto y claro. Sepan ustedes que los sentimientos son universales y no conocen de diferencias culturales o administrativas. Como se decía en la era hippie, aquella en que los jóvenes tenían la llave para cambiar el mundo: «todos somos hermanos en la cultura del rock and roll, aquella en la que se identifican por igual personas de distinto país, cultura, etnia o creencia, para él no hay fronteras».

Lacaze conoce la fórmula magistral y simple que hizo triunfar a la nueva música popular: excelentes composiciones con una gran estructura, bellas melodías que no empalagan, artesanía en los arreglos que van creciendo en cada escucha, un sonido claro y equilibrado, la aportación fundamental de una buena banda y mucha libertad, esa que no entiende de ataduras y que es necesaria para mantener la coherencia, sentirse bien con uno mismo y creer en lo que se hace.

Podríamos hacer un análisis más técnico, desde el punto de vista crítico. Podríamos poner cientos de etiquetas y hurgar para encontrar influencias y estilos. Podríamos hacer un artículo al uso. Pero desde Rue de la sois hasta Final no he podido hacer otra cosa que escuchar su música y dejarme llevar. Por un momento he pensado que volvían los días en los que no existían listas de éxitos, ni el estrellato mediático y los discos se escuchaban con paciencia y tiempo para paladear sus exquisiteces.

Por cierto, ahora que ya sé que dicen las letras descubro que mi imaginación sigue entrenada y que mis emociones no me engañan.

De todas formas, os dejo lo que cuentan de él y su obra:

 

ALEXANDRE LACAZE bajo L’AVALANCHE ha sido uno de los songwriters de referencia de la escena de culto nacional, lo atestiguan así el reconocimiento de la crítica y más de diez años de giras. El franco-español ha defendido su particular visión de la chanson rock con canciones de fuerte presencia literaria, donde la dulzura y la rabia se mezclan con una personalidad fuerte y delicada en escena, habiendo sido comparado por su voz y capacidad para llenar por sí mismo un escenario, con artistas de la talla de Jeff Buckley o Dominique À. Ahora llega con el disco más personal y emotivo de su carrera, Les recifs de l´espoir, un trabajo de brillante madurez, editado por Medusa Prod (Marsella) / GREEN UFOS y que ha contado con la producción de Stephane Salerno y la colaboración de un elenco de artistas galos (Lucca Scalambrino, Marin Beranguer y Fred Martines).

Les recifs de l’espoir (Los arrecifes de la esperanza) es una obra de belleza extraordinaria, donde la melancolía deja paso a una corriente vitalista, con la voz y las melodías de Alexandre conmoviendo hasta los rincones más profundos del alma. Relato de un naufragio existencial, donde el mar sigue sirviendo de metáfora del viaje vital, de la travesía difícil y de la fe ciega e inamovible en la llegada. La idea del náufrago que una y otra vez es capaz de levantarse pese a estrellarse contra los arrecifes a causa de su esperanza dan título al disco e inspiran las fotografías de estética pop setentera de Carolina Villafruela.

Canciones clásicas en un nuevo trabajo lleno de referencias literarias y cinematográficas que van de Truffaut a Conrad y que se abren con Rue de la soif, una canción que transmite en toda su fuerza del estribillo la necesidad de respirar («il faut respirer») en el ahogo de la relación herida en pareja distinta («el niño triste del domingo pasaba herido, la chica sol avanzaba y no le daba su mano, de ahogo le insuflaba cada paso»), Je serai là es la revisitación de un tema insigne de Lacaze inspirado en un relato de Schitzler, es la confirmación natural de la evolución más pop y vitalista de un tema que va in crecendo. Le sigue Coquillage (Caracola), símbolo de la introspección del mar en espiral, el tema más íntimo del álbum, una canción hecha de jirones de piel, mágica, surreal y profunda, un vals latino con ecos de acordeón que nos retrotrae a la infancia «los niños en el parque me preguntaban, ¿muchacho es que no tienes nombre? …pero mis rodillas se doblaban y yo me salvaba tarareando dentro de mi caracola» La metáfora de la vida como lucha en travesía marítima y la fe del marino dispuesto a dar la propia vida por su capitán, para llegar a la Tierra Prometida quedan reflejados en la épica Oh dites moi Capitain, un himno a la esperanza. Por su parte la impactante Fleurs immortelles nos lleva de nuevo, dentro de la propia y humana duda, a la esperanza y la luz de la Eternidad, a la posibilidad que tendríamos de hallar en los campos celestiales a los seres amados que perdimos en el viaje. («Qué habrá detrás de toda esta eternidad / la gente que amamos / las flores inmortales»).

Posteriormente, Alexandre, fan de la chanson hace una reinterpretación de lo que sería una melodía clásica, atravesada por el tamiz eléctrico, en la sensual Halaine (Aliento) cuyos coros iniciales y finales son una sinfonía basada en el exhalo poderoso de la multiplicidad de voces que en directo suele utilizar. Alice derriére le mirroir (Alice detrás del espejo) es una nueva mezcla del tema dedicado a su hija realizado en los estudios franceses con la banda de Marsella al completo aportando nuevos arreglos a una de las canciones más emocionantes de amor filial, cantada en primera persona por la propia Alice («mi padre es un muerto que me lleva en sus brazos él sonríe a la gente que nos mira detrás del cristal»). Y cierra el disco una melodía cinematográfica con un título críptico, Final , el final de todo lo que existe no es más que el principio, para entonces se habrá hecho corta la travesía y desearíamos con sed volver a empezar el álbum con Rue de la soif.
 

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