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Albert Hammond y la lealtad a The Strokes

Los Festivales de verano ponen a examen a las bandas, es como si de repente y, por supuesto, sin la presión de las primeras veces las bandas más consgradas se encontrasen concursando en una edición intempestiva del Festival Internacional de la Canción de Benidorm, y como no saben que están jugándose el tipo (o de saberlo no les importaría), van y no pasan la primera eliminatoria.

Eso es lo que le pasó a este miembro del jurado sin derecho a votar del Summer Time Festival de Hyde Park (Londres) hace unas semanas. Allí que iba yo, seguro de que Beck no me iba a defraudar, sin saber que Future Island me enamoraría y temeroso de la famosa desidia que ultimamente acompaña a The Strokes, plato fuerte del cartel y que concentraba a una legión de fans cuyo merchandising a la vista explicaba la supervivencia de la banda, sobre todo como fuente de ingresos para sus componente y crew detrás de los músicos.

Lo de The Strokes es bien sencillo, sale un músico llamado Albert Hammond al que acompañan, aunque solo sea en cuerpo y no en espíritu, cuatro funcionarios de la Diputación de la Música que fichan al llegar al concierto, echan sus horas y vuelven a fichar al bajar del escenario que, por su actitud, cada día se les antoja más una oficina. Con lo bien que estarían ellos en sus mansiones viviendo de las regalías y viendo Factor X. Eso la banda, incluido el inexplicablemente carismático Julian Casablancas.

Y luego está Albert Hammond, que si algo es además de buen músico, es un colega de puta madre. Porque haciendo mejor música y directos (y cifras económicas) en solitario que con The Strokes, no se explica de otra manera que todavía tenga el detalle de hacer una quedada con los amigos de siempre y arreglarles un poco la carrera.

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Y allí estas tú, juzgando ese panorama, tú que vienes de ver a Beck mantenerse en la cresta de la ola durante veinte años y a Future Islands demostrando que todavía no esta todo inventado. Y lo pasas mal por el pobre de Hammond, que empieza el concierto con el mismo entusiasmo que un profesor de instituto de barrio marginal da su primera clase. A las tres canciones, como al profesor el ausentismo de los alumnos, la desgana que lo rodea lo ponen serio y solo mira de reojo la prisa por acabar de sus compañeros mientras mantiene su cabeza orientada hacia la pedalera. Y finalmente, acaba el concierto dando guitarrazos de rabia. Como el profesor impone castigos a cascoporro cada vez que la clase no escucha, hammond lo hace cada vez que no puede salirse en un solo de las notas del disco porque no confía en que sus musicos lo sigan. Al fin y al cabo tiene a cuatro currelas que el día que deje solos son capaces de actuar en playback. Cobrar lo mismo por trabajar menos es algo que todo el mundo quiere.

El bueno de Albert no dice ni pio, tiene genes de buena gente y The Strokes es su banda. Sus colegas de clase de toda la vida. Y uno no deja tirado a sus amigos. Como su padre, que después de lo hecho y conseguido en su carrera como compositor y cantante, seguía antendiendo las llamadas de Maria Teresa Campos y se sentaba a poner buena cara en Qué tiempo tan feliz. Pero Hammond es un músico y por buen amigo que sea lo que no dice con palabras, lo toca con la guitarra, a zarpazos de rock enjaulado que no puede romper los barrotes y solo se le oye rugir de vez en cuando. Vayan, vean y sean jurado ustedes mismos con el derecho que les da su entrada.   

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