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Rock grancanariòn y viva Silva y Valerón

Monse Majarón, en la contraportada del libreto del CD, resume bien el espíritu de la banda y de cualquier otra formación valiente en éste mágico mundo de la melomanía

           Con las buenas ideas pasa lo mismo que con los átomos de Demócrito, vienen enganchadas unas a otras. Pelear las inclemencias que oprimen como un desierto que nos avanza. La distancia se componía de pasos que tenían la enorme ventaja de colocarles en tierra desconocida. Tomaron la decisión.

            Tiempo. Transformación. Coraje

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Tras su debut en largo (Canciones de andar por casa, 2014) el combo grancanario, con el compositor y cantante Javier Vila a la cabeza, regresa con sonoridades pluridimensionales para dar forma a Mecha corta, cuya grabación a contado con gente tan contrastada como por ejemplo Carlos Sosa, batería de Fuel Fandango. Un disco de buena ejecución tanto a nivel vocal como instrumental.

Desde las islas afortunadas, el grupo canario, que ha tenido la fortuna de codearse en festis y salas varias con crema diversa como Delorean o La M.O.D.A. nos brinda un surtido a base de 8 trazos gustosos en lo heterogéneo y de bastante calidad en la fusión y complementación de estilos.

Miel de champán, trazas de rock de filoreminiscencias hispanokalimocheras tirando hasta de trompetas.

Halcón negro, hasta con fases de country premium gracias al maravilloso toque del banyo, instrumento al que no cuesta nada asociar a contextos dichosos.

El vengador, toque de blues misterioso, guitarras cabalgantes, una joya de intermezzo delicioso armado de ráfagas geniales. Atesora un brutal cambio de ritmo a lo cola de vaca de Romàrio. Mi favorita, cuanto más le doy al play más me gusta.

Tiburón, desde su primigeneidad aires a Fito (y Fitipaldis), es decir muy en la línea del rock kalimochero español que nunca me cotizó al alza pero, como del rap, me quedo con lo bueno, con sus letras.

Ferrari ardiendo. Exquisita pieza que me recuerda a mis queridèrrimos Pereza, una forma excelente de contar historias de la cotidianeidad (de la derrota), un homenaje a los buscavidas, a los que lo han perdido casi todo, a los que luchan día a día con sus armas, con lo que aún no les han arrebatado, en un contexto hostil prácticamente constante.

Miedo, guitarreos buenérrimos.

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