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Casas y La Pistola, obsesión por hacer bailar

Casas y La Pistola están de vuelta. Dos años después de publicar su tercer disco, un Memorias de una pistola invisible (2016) celebrado por la crítica, y con su nombre acortado a un formato más manejable, la formación sevillana desvela Padrino Buffalo 1, el primero de tres EPs que irán apareciendo a lo largo de 2018 y 2019.

Compuestas durante el verano de 2017 en los propios estudios de la banda, y mezcladas entre febrero y marzo con ayuda de Fernando Zambruno, las cinco canciones que conforman esta primera entrega comparten la obsesión por hacer bailar. Una obsesión que ha llevado a Casas y La Pistola a dejar de lado sus habituales modales sixties para abrazar un dance-punk aseado y musculoso, en el que siguen brillando las melodías con regusto a la new wave y el sonido mira de reojo al post-punk ochentero.

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Es algo que se nota desde la primera canción, Baile del optalidón, que recrea el espíritu lúdico de finales de los setenta, cuando las amas de casa “volaban a golpes de optalidón y reinaban en las pistas de baile de las discotecas”. Un festín de guitarras, que suena “como si Franz Ferdinand montaran una fiesta en la legendaria pista de patinaje Hielotrón”, la futurista estructura que José Miguel de Prada Poole levantó a las afueras de Sevilla en 1971. Mal de altura, justo después, se enrosca alrededor de un riff de piano hipnótico, que desemboca en un luminoso estribillo; lo que saldría si Death Cab for Cutie se fueran de parranda con Nada Surf. A la fiesta se suma Juano Azagra, de All la Glory, con unos bonitos arreglos de guitarra.

La noche del cazador insiste en ese gusto por los ritmos marcados y de aire festivo, esta vez bajo la influencia de los The Clash del “Sandinista”, para ilustrar una historia urbana, con un personaje que podría haber formado parte del conocido Grupo 10 de la policía en la Sevilla previa a la Expo’92. Los maniquíes tienen flow añade otro personaje más a la colección de outsiders que recorren la discografía de José Casas. Fetichismo y fiestas privadas, anacoretas y maniquíes, bailan al son de unas guitarras que podrían haber salido de algún disco de los Posies. 

El EP se cierra con los efluvios británicos de El hincha: el olor a pub en tarde de partido, esos hooligans que son tus vecinos, el MARCA como catecismo, todos abducidos por Don Balón. Un efecto narcótico, que recrea mediante teclados el sabor ácido del Madchester de los Happy Mondays, mientras las guitarras van pasando, como un péndulo, de lo etéreo al desfogue nuevaolero.

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